El sueño
El sueño Mientras seguía sentada, escuchando la casa temblorosa y suspirante, Angélique no podía contenerse y seguía derramando lágrimas; pero ahora fluían silenciosas, tibias y vivas, como la sangre de sus venas. Una sola pregunta, desde la mañana, la atormentaba y la hería en todo su ser: ¿había obrado bien al provocar la desesperación de Félicien, al echarlo de aquella manera, con la idea de que ella no le amaba hundida en pleno corazón, como un cuchillo? Ella lo amaba, pero le había causado aquel sufrimiento, y eso mismo la hacía sufrir horriblemente. ¿Por qué tanto dolor? ¿Acaso las santas exigían lágrimas? ¿Acaso Inés se habría enfadado por el hecho de saber que era feliz? Una duda la desgarraba ahora. En otro tiempo, cuando esperaba al que había de venir, arreglaba mejor las cosas: él entraría, ella lo reconocería y los dos se irían juntos, muy lejos, para siempre. Él había venido, y ahora resultaba que uno y otro sollozaban, separados para siempre. ¿Por qué? ¿Qué había sucedido? ¿Quién había exigido de ella aquella cruel promesa de amarle sin decírselo?