El sueño
El sueño Pronto iban a dar las doce, los grandes olmos del Obispado ocultaban la luna en el horizonte y la habitación seguía en la oscuridad. Entonces, la cabeza caída otra vez sobre la almohada, Angélique dejó de pensar e intentó dormirse; pero no lo conseguía y las lágrimas seguían fluyendo de sus párpados cerrados. Y el pensamiento volvía; pensaba en las violetas que desde hacía quince días, encontraba en el balcón, delante de su ventana, cuando subía a acostarse. Cada noche había un ramo de violetas. Seguramente era Félicien quien lo lanzaba desde el Clos-Marie, porque ella recordaba haberle contado que sólo las violetas, por una virtud singular, la calmaban, mientras que el perfume de las demás flores, por el contrario, la atormentaban con terribles migrañas; y de esa manera le deseaba dulces noches, todo un sueño perfumado, refrescado con agradables ensoñaciones. Aquella noche había puesto el ramo en su cabecera; tuvo la feliz idea de volver a cogerlo, se acostó con él junto a la mejilla y se tranquilizó al respirarlo. Al fin, las violetas secaron sus lágrimas. Aún no dormía, seguía con los ojos cerrados, bañada por aquel perfume que venía de él, feliz de descansar y de esperar, en un abandono confiado de todo su ser.