El sueño
El sueño Pero un gran estremecimiento la sacudió. Dieron las doce, abrió los ojos y se sorprendió al ver su habitación llena de una gran claridad. Por encima de los olmos, la luna ascendía lentamente, apaleando las estrellas en el cielo pálido. Por la ventana, veía el ábside de la catedral, muy blanco. Parecía que fuese el reflejo de aquella blancura lo que iluminaba la habitación, una luz de alba, lechosa y fresca. Las paredes blancas, las vigas blancas, toda aquella blanca desnudez aumentaba, se ampliaba y se alejaba como en un sueño. Sin embargo, reconocía los viejos muebles de roble oscuro, el armario, el cofre, las sillas, con las aristas relucientes de sus tallas. Sólo su cama, su cama cuadrada, de dimensiones regias, la emocionaba, como si no la hubiera visto nunca, con sus columnas, su dosel de antigua seda de color rosa, bañada con una capa de luna tan profunda que se creía transportada en una nubécula, en pleno cielo, elevada por una bandada de alas silenciosas e invisibles. Por un instante, sintió su amplio balanceo; luego, sus ojos se acostumbraron, su cama estaba realmente en su ángulo habitual. Permaneció con los ojos inmóviles, la mirada errante, en medio de aquel lago de rayos, con el ramo de violetas en los labios.