El sueño
El sueño Félicien, que llegaba con ímpetu, lanzado a las locas resoluciones, no se movió, aturdido por aquella brusca felicidad. Ahora, Angélique estaba segura de que sus santas no le prohibían amar, porque las oía acogerlo con ella, con una risa afectuosa, leve como un hálito nocturno. ¿Cómo se le había ocurrido la necedad de creer que Inés se iba a enojar? Junto a ella, Inés estaba radiante, con una alegría que sentía descender sobre sus hombros y envolverla como la caricia de dos grandes alas. Todas las que habían muerto por amor se mostraban compasivas con las penas de las vírgenes, y sólo volvían a merodear, en las noches cálidas, para velar, invisibles, por sus ternuras en lágrimas.
—Venga a mi lado, le esperaba.
Entonces entró Félicien titubeando. Se había dicho a sí mismo que la quería, que la cogería entre sus brazos hasta ahogarla, a pesar de sus gritos. Y ahora, al encontrarla tan dulce, al penetrar en aquella habitación totalmente blanca y tan pura, se volvía más cándido y más débil que un niño.
Había dado tres pasos. Pero temblaba y cayó sobre sus rodillas, lejos de ella.