El sueño
El sueño Todavía transcurrió algún tiempo, pero Angélique no se daba cuenta. Le pareció natural cuando Félicien apareció, pasando por encima de la balaustrada del balcón. Sobre el cielo blanco destacaba su estatura. No entró, sino que permaneció en el marco luminoso de la ventana.
—No tenga miedo… Soy yo, he venido.
Ella no tenía miedo, simplemente le parecía puntual.
—¿Es por el armazón, verdad, por dónde ha subido?
—Sí, por el armazón.
Ese medio tan fácil le dio risa. Había subido primero al sobradillo[122] de la puerta; luego, desde allí, trepando a lo largo de la ménsula, cuyo pie se apoyaba en la moldura de la planta baja, había alzado el balcón sin dificultad.
—Le esperaba, venga a mi lado.