El sueño
El sueño En ese momento, Angélique no sabía por dónde iba a llegar. Seguramente, él no podría subir, por lo que se verían, acodada ella al balcón y él, abajo, en el Clos-Marie. Sin embargo, se sentó, como si hubiese comprendido la inutilidad de ir a la ventana. ¿Por qué no atravesaría las paredes como los santos de la Leyenda? Ella esperaba. Pero no estaba sola esperando, las sentía a todas a su alrededor, las vírgenes cuyo vuelo blanco la envolvía desde su juventud. Entraban con el rayo de luna, venían de los grandes y misteriosos árboles del Obispado con sus copas azuladas, de los rincones perdidos de la catedral, enmarañando su bosque de piedras. De todo el horizonte conocido y amado, del Chevrotte, de los sauces, de las hierbas, la muchacha escuchaba los sueños que volvían a ella, las esperanzas, los deseos, cuanto había puesto de sí misma en las cosas, a fuerza de verlas cada día, y que las cosas le devolvían. Nunca las voces de lo invisible habían hablado en voz alta; ella escuchaba el más allá y reconocía en el fondo de la noche ardiente, sin un soplo de aire, el leve temblor que para ella era el roce del vestido de Inés, cuando la guardiana de su cuerpo estaba a su lado. Se alegraba de saber que Inés estaba allí con las demás. Y esperaba.