El sueño
El sueño A medida que le hablaban, se asustaba más y volvía la cabeza, como si hubiera detrás de ella alguien dispuesto a golpearla. La niña inspeccionó la cocina con una mirada furtiva, las baldosas, las vigas, los instrumentos relucientes. Después, su mirada se dirigió al exterior a través de las dos ventanas irregulares, conservadas en el antiguo vano; exploró el jardín hasta los árboles del Obispado, cuyas siluetas blancas dominaban el muro del fondo, y pareció sorprenderse al ver allí, a la izquierda, a lo largo de una alameda, la catedral, con las ventanas románicas de las capillas del ábside. Sufrió otro gran escalofrío al calor del horno que empezaba a penetrar en ella; dirigió otra vez su mirada al suelo y ya no se movió.
—¿Eres de Beaumont?… ¿Quién es tu padre?
Ante su silencio, Hubert pensó que quizá tenía la garganta demasiado seca para contestar.
—En vez de hacerle tantas preguntas —dijo— mejor sería que le diésemos una buena taza de café con leche caliente.