El sueño
El sueño Era una propuesta tan razonable que Hubertine le dio inmediatamente su propia taza. Mientras le cortaba dos grandes rebanadas de pan, la niña seguía desconfiando y retrocediendo; pero el tormento del hambre pudo más y al fin comió y bebió con voracidad. Para no molestarla, el matrimonio callaba, conmovido al ver su manita temblar hasta el punto de no acertar con la boca. Sólo utilizaba la mano izquierda, pues mantenía el brazo derecho obstinadamente pegado a su cuerpo. Cuando terminó, estuvo a punto de dejar caer la taza, que detuvo con el codo, torpemente, con gesto de inválida.
—Entonces, ¿tienes una herida en el brazo? —le preguntó Hubertine—. No tengas miedo, hijita, déjame ver.
Pero al tocarla, la niña se levantó violentamente, se resistió; y en la lucha separó el brazo. Un libro encartonado, que ocultaba pegado a la misma piel, se deslizó por un desgarro de su blusa. Intentó recuperarlo, pero se quedó retorciéndose los puños de rabia al ver que aquellos desconocidos lo abrían y lo leían.