El sueño
El sueño —Sabré más adelante, cuando llegue el momento… Además, le aseguro que sé. No puede ser sino el más hermoso, el más rico, el más noble, porque ese sueño es el mÃo. Espero muy tranquila, porque tengo la certeza de que se realizará… Usted es el que yo esperaba y yo le pertenezco…
Por segunda vez, se interrumpió, con el temblor de las palabras que pronunciaba. No las encontraba ella sola; le llegaban de la hermosa noche, del gran cielo blanco, de los viejos árboles y de las viejas piedras que dormÃan fuera, que expresaban en voz alta sus sueños; y unas voces, detrás de ella, las murmuraban también, las voces de sus amigas de la Leyenda, que poblaban el aire. Quedaba, sin embargo, una palabra por decir, aquélla en la que todo iba a fundirse, la espera lejana, la lenta creación del amante, la fiebre aumentada de los primeros encuentros. Y se escapó del vuelo blanco de un ave matinal que ascendÃa hacia la luz, en la virginal blancura de la habitación:
—Le amo.
Angélique, con las manos abiertas, que resbalaban sobre las rodillas, se entregaba. Y Félicien recordaba la noche en que ella corrÃa descalza en la hierba, tan adorable que habÃa balbuceado a su oÃdo: «La amo». Y oÃa perfectamente que ella acababa sencillamente de contestarle, con el mismo grito: «Le amo», el eterno grito salido al fin de su corazón abierto de par en par.