El sueño
El sueño —¡Ay, alma mía, inestimable, bella, y buena, de una bondad prodigiosa que me ha curado con un soplo! Ya no sé si he sufrido realmente… Es usted quien debe perdonarme, porque tengo que confesarle algo, tengo que decirle quién soy…
Un gran desasosiego volvió a apoderarse de él al pensar que ya no se podía seguir escondiendo cuando ella se confiaba a él con tanta franqueza. Aquello empezaba a ser deslealtad. Sin embargo, dudaba, temiendo perderla, si ella se empezaba a preocupar por el futuro, una vez que le conociera al fin. Y ella esperaba que hablase, burlona otra vez, a su pesar. En voz muy baja, prosiguió:
—Mentí a sus padres.
—Sí, lo sé —dijo ella, sonriendo.
—No, no lo sabe, no puede saberlo, eso viene de muy lejos… Yo sólo pinto vidrieras por placer, tiene que saber… Entonces, con un movimiento rápido, ella le puso la mano en la boca y detuvo su confidencia.
—No quiero saber… Le esperaba y ha venido. Con eso basta.
Él había dejado de hablar; aquella manita sobre sus labios le ahogaba de dicha.