El sueño

El sueño

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—He sido mala, es verdad. ¡Se es tan tonta cuando no se sabe! Se hacen cosas que parecen necesarias; se teme cometer un error en cuanto se obedece al corazón. ¡Pero cuántos remordimientos tuve después, cuánto he sufrido a causa de su sufrimiento!… Si quisiera explicarlo, seguramente no podría. Cuando vino con su dibujo de santa Inés, estaba encantada de trabajar para usted, me aginaba que volvería todos los días. Y, mire, fingí indiferencia, como si me esforzara en echarle de casa. Entonces, ¿necesitamos hacernos desgraciados a nosotros mismos? Mientras que hubiese querido acogerle con las manos abiertas, había, en el fondo de mi, otra mujer que se sublevaba, que sentía temor y desconfianza hacía usted, que se complacía en torturarle con la incertidumbre, la vaga idea de una querella por resolver, cuya causa antiquísima había olvidado. No soy siempre buena, vuelven a surgir en mí cosas que ignoro… Y lo peor es, ciertamente, que he llegado a hablarle de dinero. ¡Ay! ¡El dinero! ¡Yo que no he pensado nunca en él, que sólo aceptaría carretas llenas de dinero por el gozo de hacerlo llover allí donde quisiera! ¿Qué maliciosa distracción he podido tener calumniándome así? ¿Me perdonará?

Félicien estaba a sus pies. Había avanzado de rodillas hasta ella. Aquello era algo inesperado y sin límites.

Murmuró:


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