El sueño

El sueño

Capítulo VIII

Al día siguiente, al despertar de un sueño de ocho horas, uno esos sueños dulces y profundos que procuran las grandes dichas, Angélique corrió a la ventana. El cielo era muy puro y el calor continuaba, después de una gran tormenta que la víspera la había dejado preocupada. Gritó con alegría a Hubert, que estaba abriendo los postigos, debajo de donde se encontraba ella:

—¡Padre, padre! ¡Qué sol hace!… ¡Ah! ¡Qué contenta estoy! ¡La procesión será preciosa!

Prestamente, se vistió para bajar. Era ese día, el 28 de julio, cuando la procesión del Milagro[123] debía recorrer las calles de Beaumont. Todos los años, ese día, se guardaba fiesta en casa de los bordadores: no se tocaba ninguna aguja, se pasaban el día decorando la casa, según el orden tradicional que desde hacía cuatrocientos años las madres legaban a sus hijas.

Angélique ya se ocupaba de las colgaduras, mientras se apresuraba en tomarse su café con leche:

—Madre, deberíamos echarles un vistazo para ver si se encuentran en buen estado.

—Tenemos tiempo —contestó Hubertine con su voz tranquila—: No las colocaremos antes del mediodía.


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