El sueño

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Se trataba de tres admirables paneles de antiguo bordado que los Hubert conservaban con devoción, como una reliquia familiar, y que sacaban una vez al año, el día en que pasaba la procesión. Desde la víspera, según la costumbre, el maestro de ceremonias[124], el buen abad Cornille, había ido de puerta en puerta avisando a los habitantes del itinerario que seguía la imagen de santa Inés, acompañada de monseñor llevando el Santísimo Sacramento. Hacía más de cuatro siglos que el itinerario seguía siendo el mismo: la salida se hacía por la puerta de santa Inés, la calle de los Orfebres, la calle Mayor y la calle Baja. Luego, después de cruzar la ciudad nueva, regresaba a la calle Magloire y a la plaza del Claustro para volver a entrar por la fachada principal. En el recorrido, los habitantes rivalizaban en celo, engalanaban sus ventanas, colgaban en los muros sus telas más ricas y sembraban el pequeño pavimento pedregoso con rosas deshojadas.

Angélique sólo se tranquilizó cuando le permitieron sacar las tres piezas bordadas del cajón en que dormían durante todo el año.

—Están perfectamente, perfectamente —murmuró, encantada.



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