El sueño

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Desde la hora del almuerzo, la calle de los Orfebres toda entera se llenaba de animación. Para evitar el excesivo calor, la procesión no salía hasta las cinco; pero la ciudad ya se acicalaba desde el mediodía. Enfrente de los Hubert, el orfebre colgaba en su tienda tapices de color azul celeste, ribeteados con una franja de plata; mientras, al lado, el cerero utilizaba las cortinas de su alcoba, unas cortinas de cotonada[125] roja, que sangraban a la luz del día. Y así, había en cada casa distintos colores, una prodigalidad de telas, todo lo que tenían, hasta alfombras de cama, que se agitaban al viento cansino del cálido día. La calle aparecía vestida de todas ellas, con una alegría resplandeciente y temblorosa, convertida en una galería de gala abierta bajo el cielo. Allí todos los habitantes caminaban atropelladamente, hablaban en voz alta como en su casa, unos paseando objetos a brazos llenos, otros trepando, clavando, gritando. Sin contar el altar que estaban levantando en la esquina de la calle Mayor y que tenía en vilo a las mujeres del vecindario, que se afanaban en proporcionar los jarrones y los candelabros.

Angélique corrió a ofrecer los dos candeleros de estilo imperio que adornaban la chimenea del salón. No había parado desde la mañana y ni siquiera se sentía cansada, exaltada, impulsada por su gran alegría interior. Cuando volvió, con los cabellos al viento, a deshojar rosas en una cesta, Hubert le dijo bromeando:


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