El sueño

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—Algún atasco, quizá un altar que están terminando de instalar —explicó Hubert.

Las hijas de María habían empezado a entonar un cántico y sus voces agudas ascendían en plena calle con una nitidez cristalina. Progresivamente, el desfile sufrió una sacudida. Volvieron a ponerse en movimiento.

En ese momento, después de los laicos, el clero empezaba a salir de la iglesia, las dignidades primero. Vestidos con sobrepelliz, todos se cubrían con el bonete[127] bajo el porche; cada uno llevaba un cirio encendido, los de la derecha, en la mano derecha, los de la izquierda, en la mano izquierda, que sacaban fuera de la fila, formando una doble hilera de llamitas en movimiento, casi imperceptibles a la luz del día. Primero, pasaron el gran seminario, las parroquias y las iglesias colegiales; después, venían los clérigos y los beneficiarios de la catedral, a los que seguían los canónigos, con los hombros cubiertos con capas pluviales[128] blancas. En medio de ellos, con capas de seda roja, estaban los sochantres, que habían entonado la antífona[129] a plena voz y a los que contestaba todo el clero con un canto más suave. El himno Pange lingua[130] se elevó purísimo, la calle estaba llena de un gran temblor de muselinas, el vuelo de las sobrepellices que revoloteaban y que las llamitas de los cirios acribillaban con sus estrellas de oro pálido.

—¡Oh! ¡Santa Inés! —murmuró Angélique.


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