El sueño

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Angélique exclamó con ternura en cuanto aparecieron los niños:

—¡Oh, angelitos! ¡Miradlos!

Pasaba en ese momento uno de apenas tres años y no más alto de un metro, titubeante y orgulloso sobre sus piececitos, tan gracioso que Angélique hundió la mano en la cesta y lo cubrió con un puñado de flores. Cuando desapareció, llevaba rosas en los hombros y entre los cabellos. La tierna sonrisa que provocaba se fue extendiendo de unos a otros y le llovieron flores de todas las ventanas. En el silencio susurrante de la calle, sólo se oían los pasos apagados de la procesión, mientras que los puñados de flores caían sobre el pavimento con un vuelo silencioso. Pronto formaron una alfombra. Aunque tranquilizado en cuanto al buen orden que guardaban los laicos, el abad Cornille se impacientó, preocupado porque el cortejo llevaba dos minutos inmovilizado, y se apresuró en alcanzar la cabeza, saludando a los Hubert con una sonrisa.

—Pero ¿qué les ocurre que no avanzan? —dijo Angélique, a la que dominaba una fiebre, como si hubiera esperado que allí, en el otro extremo, apareciese su felicidad.

Hubertine contestó con su aspecto tranquilo:

—No hace falta que corran.


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