El sueño

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Transcurrió media hora. Luego, de golpe, empujaron los dos batientes de la puerta de santa Inés y aparecieron las profundidades de la iglesia, sombrías, salpicadas de las manchitas relucientes de los cirios. Primero salió el crucero, un subdiácono con túnica, flanqueado por dos acólitos[126] que llevaban cada uno un gran candelabro encendido. Tras ellos, se apresuraba el maestro de ceremonias, el buen abad Cornille, quien, después de asegurarse del buen estado de la calle, se detuvo bajo el porche y observó el desfile por un instante para comprobar que el orden de colocación era el adecuado. Las cofradías laicas abrían la marcha, asociaciones piadosas y escuelas, por orden de antigüedad. Había niños muy pequeños, niñas vestidas de blanco, que parecían novias, muchachitos de pelo rizado y con la cabeza descubierta, vestidos de domingo como si fueran príncipes, encantados, buscando ya a sus madres con la mirada. Un mozalbete de nueve años caminaba solo, en el centro, vestido de san Juan Bautista, con una piel de cordero sobre sus delgados y desnudos hombros. Cuatro niñas adornadas con cintas rosas llevaban un escudo de muselina con una gavilla de trigo maduro. Luego venían jovencitas mayores, agrupadas en torno a un pendón de la Virgen, unas damas vestidas de negro que también portaban un pendón, una seda carmesí con un san José bordado, y otros muchos pendones de terciopelo, de raso, que se balanceaban en los extremos de las astas doradas. Las cofradías de hombres no eran menos numerosas, cofradías de penitentes de todos los colores, penitentes grises sobre todo, vestidos con tela de color bazo, con sus capirotes, y cuyo emblema causaba sensación, una inmensa cruz con una rueda de la que colgaban, suspendidos, los instrumentos de la Pasión.


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