El sueño
El sueño —¡Ay! —dijo—, suenan las campanas; monseñor ha salido del Obispado.
La campana seguía sonando, alta y grave, en la extrema pureza del cielo. Los Hubert se colocaron en la ventana de la planta baja abierta de par en par, las dos mujeres, acodadas en la barandilla, y el hombre, en pie detrás de ellas. Eran los lugares que ocupaban habitualmente, estaban en el buen sitio para ver bien; eran los primeros en contemplar cómo salía la procesión del fondo de la iglesia, sin perderse ni un cirio del desfile.
—¿Dónde está mi cesta? —preguntó Angélique.
Hubert tuvo que pasarle la cesta de rosas deshojadas, que guardó entre los brazos, apretada contra el pecho.
—¡Oh! ¡Esa campana! —volvió a murmurar—. ¡Es como si nos estuviera meciendo!
Toda la casita vibraba, sonora, con el vaivén de la campana; y la calle, el barrio entero, seguía esperando, contagiado por aquel temblor, mientras las colgaduras se agitaban más lánguidamente al aire del atardecer. El perfume de las rosas era muy suave.