El sueño
El sueño Pero ¿dónde había conocido Angélique a alguien que se parecía a monseñor? El recogimiento hacía que todas las frentes se agacharan. Pero ella, con la cabeza medio inclinada, le miraba. Era alto, delgado y noble, de una juventud soberbia para sus sesenta años. Sus ojos de águila brillaban, su nariz algo pronunciada acentuaba la autoridad soberana de su rostro, suavizada por su cabellera blanca de espesos bucles; observó la palidez de la piel, en la que le pareció ver subir una ola de sangre. Quizá fuera sólo el reflejo del gran sol dorado que llevaba en sus manos cubiertas y que le situaba en un resplandor de mística claridad.