El sueño
El sueño Seguramente, en su interior recordaba un rostro que se parecía a aquél. Desde los primeros pasos, monseñor había empezado a recitar en voz baja, alternando con sus diáconos, los versículos de un salmo. Y ella tembló cuando le vio volver los ojos hacia la ventana donde estaba, porque le pareció muy severo, de una frialdad altiva, que condenaba la vanidad de toda pasión. Sus miradas se habían dirigido a los tres bordados antiguos: María recibiendo al ángel, María al pie de la Cruz, María subiendo a los cielos. Se recrearon en ellos y luego volvieron a bajar y se fijaron en ella, sin que en su desasosiego pudiera comprender si palidecían de dureza o de dulzura. Ya habían vuelto al Santísimo, inmóviles, relucientes con el reflejo del gran sol de oro. Los incensarios partían al vuelo y volvían a caer con el ruido argentino de las cadenillas, mientras que una nubécula, un humo de incienso ascendía en el aire.