El sueño
El sueño Pero el corazón de Angélique latía como si fuera a romperse. Detrás del palio, acababa de ver la mitra, santa Inés raptada por dos ángeles, la obra bordada hilo a hilo con su amor, que un capellán, con los dedos envueltos con un velo, portaba devotamente, como una cosa santa. Y allí, entre los laicos que seguían, en la ola de funcionarios, oficiales y magistrados, reconoció a Félicien, en primera fila, delgado y rubio, con traje de gala, con sus cabellos ensortijados, su nariz recta, algo pronunciada, sus ojos negros, de una dulzura altanera. Ella lo esperaba, no se sorprendía de verle por fin tornarse en príncipe. Ante la mirada ansiosa que él le dirigió, implorando perdón por su mentira, ella le contestó con una clara sonrisa.
—¡Mira! —murmuró Hubertine estupefacta—. ¿No es ese muchacho?
También ésta lo había reconocido y se quedó preocupada cuando, al volverse, vio a su hija transfigurada.
—Entonces, ¿nos ha engañado? ¿Por qué? ¿Lo sabes tú? ¿Sabes quién es ese muchacho?
Sí, quizá ella lo supiera. Una voz contestaba en ella a preguntas recientes. Pero no osaba, ya no quería hacerse más preguntas. La certeza se haría cuando llegase el momento. Ella lo sentía aproximarse, llena de orgullo y de pasión.