El sueño

El sueño

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—¿Qué ocurre? —preguntó Hubert, inclinándose por detrás de su mujer.

Nunca vivía en el momento presente. Y, cuando ella le mostró al muchacho, dudó.

—¡Qué ocurrencia! No es él.

Entonces, Hubertine, fingió que se había equivocado. Era lo más prudente; ya se informaría. Pero la procesión, que acababa de detenerse otra vez, mientras monseñor incensaba el Santísimo en la esquina de la calle, entre las plantas que habían colocado en el altar, iba a ponerse en marcha de nuevo; y Angélique, cuya mano se había quedado olvidada en el fondo de la cesta, cogió un último puñado de pétalos de rosa y, en un movimiento precipitado, lanzó las flores, en su encantada turbación. Precisamente, Félicien reanudaba la marcha. Las flores llovieron y dos pétalos que se balanceaban lentamente, volaron y se posaron sobre sus cabellos.

Era el final. El palio había desaparecido por la esquina de la calle Mayor y la cola del cortejo se retiraba, dejando la calle desierta, como adormilada por una fe soñadora, en la exhalación un poco acre de las rosas pisoteadas. Se escuchaba todavía a lo lejos, cada vez más débil, el ruido argentino de las cadenillas, que volvían a caer después de cada vuelo de los incensarios.

—¡Oh! Madre —gritó Angélique—, ¿quieres que vayamos a la iglesia para verlos entrar?


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