El sueño

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La primera reacción de Hubertine fue de rechazo. Pero ella misma sentía un deseo tan grande de tener una certeza, que al final consintió.

—Sí, luego, ya que te apetece.

Pero había que esperar. Angélique, que había subido a ponerse un sombrero, no podía estarse quieta. Volvía una y otra vez a la ventana, examinaba el extremo de la calle, levantaba la vista como para examinar el espacio mismo; hablaba en voz alta y seguía la procesión paso a paso.

—Descienden por la calle Baja… ¡Ah! Ahora deben de estar llegando a la plaza, delante de la subprefectura… Parece que no se van a acabar nunca las grandes calles de Beaumont-la-Ville. ¡Lo que tienen que hacer los vendedores de tejidos para ver a santa Inés!

Una fina nube rosa, recortada con delicadeza en un entramado de oro, planeaba en el cielo. Se notaba en la inmovilidad del aire que toda la vida civil estaba en suspenso, que Dios había abandonado su casa, y que cada uno esperaba que lo volvieran a llevar allí para reanudar sus ocupaciones cotidianas. Enfrente, las colgaduras azules del orfebre y las cortinas rojas del cerero seguían tapando sus tiendas. Las calles parecían dormir; ya no había, en todas ellas, otra cosa que no fuera el lento paso de los clérigos, cuyo movimiento se adivinaba desde todos los puntos de la ciudad.


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