El sueño
El sueño —Madre, madre, le aseguro que están en la entrada de la calle Magloire. Van a subir la cuesta.
Mentía, sólo eran las seis y media y la procesión nunca volvía antes de las siete y cuarto. Sabía perfectamente que el palio debía de estar recorriendo en ese momento el puerto bajo del Ligneul. ¡Pero tenía tanta prisa!
—Madre, apresurémonos, no tendremos sitio.
—¡Vamos! —dijo al fin Hubertine, sonriendo a pesar suyo.
—Yo me quedo —declaró Hubert—. Voy a descolgar los bordados y pondré la mesa.
La iglesia les pareció vacía, puesto que Dios ya no estaba allí. Todas las puertas estaban abiertas, como las de una casa en desorden, en la que se espera el regreso del dueño. Entraba poca gente; sólo el altar mayor, un severo sarcófago de estilo románico, centelleaba en el fondo de la nave, estrellado de cirios; y el resto de la amplia nave, las naves colaterales, las capillas, se oscurecían con el crepúsculo.