El sueño
El sueño Lentamente, Angélique y Hubertine dieron la vuelta a la iglesia.[133] En la parte inferior, el edificio se aplastaba; los gruesos pilares sostenían los arcos de medio punto de las naves laterales. Ellas caminaban a lo largo de capillas oscuras, enterradas como criptas. Después, cuando pasaron ante la puerta principal, bajo la bovedilla de los órganos, experimentaron un sentimiento de liberación al levantar los ojos hacia las altas ventanas góticas de la nave, que se elevaban por encima de los pesados cimientos románicos. Siguieron por la nave meridional y la sensación de ahogo volvió a empezar. En la cruz del transepto había, en las cuatro esquinas, cuatro enormes columnas, que subían de un tirón a sostener la bóveda; allí reinaba todavía una claridad malva, la despedida del día en los rosetones de las fachadas laterales. Habían subido los tres peldaños que conducían al coro, dieron la vuelta por el ábside, la parte de construcción más antigua, hundida como un sepulcro. Por un instante, se detuvieron junto a la antigua reja, muy trabajada, que cerraba el coro por todas partes, para ver centellear el altar mayor, cuyas llamitas se reflejaban en el viejo roble pulido de las sillas del coro, unas sillas maravillosas, floridas de esculturas. Y volvieron así al punto de partida, levantando de nuevo la cabeza, creyendo sentir el soplo de la elevación de la nave, mientras que las tinieblas crecientes retrocedían y ensanchaban los antiguos muros, donde se desvanecían los restos de oro y de pintura.