El sueño
El sueño —¡Ay! Alma mía, soy yo quien debe estarle agradecido por tener la bondad de quererme un poco, tan gentilmente… Dígame una vez más cuánto me ama, dígame qué ha pasado en su interior cuando ha sabido por fin quién soy.
Pero ella lo interrumpió con un hermoso gesto de impaciencia:
—No, no, hablemos de usted, sólo de usted. ¿Acaso cuento yo? ¿Acaso importa lo que soy, lo que pienso? Ahora sólo existe usted.
Y, apretándose contra él, reduciendo el paso a lo largo del río encantado, lo interrogaba sin descanso, quería saberlo todo, su infancia, su juventud, los veinte años que había vivido lejos de su padre.
—Sé que su madre murió al nacer usted y que se ha criado en casa de un tío suyo, un viejo abad… Sé que monseñor se negaba a volver a verle…
Él habló muy bajito, con una voz lejana, que parecía venir del pasado: