El sueño

El sueño

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La llevó hasta el fondo del Clos-Marie, cruzando la maleza; y ella se explicó cómo pasaba él todas las noches por la antigua verja del Obispado, antaño condenada. Había dejado la verja abierta y la condujo, llevándola del brazo, al gran jardín de monseñor. En el cielo, la luna, que subía lentamente, oculta tras el velo de vapores cálidos, los blanqueaba con su transparencia lechosa. Toda la bóveda, sin una estrella, estaba llena de un polvillo de claridad, que llovía silenciosamente en la serenidad de la noche. Remontaron lentamente el Chevrotte, cuyo cauce cruzaba el parque; pero ya no era el arroyo rápido que se precipitaba por una pendiente pedregosa; era un agua tranquila, un agua lánguida que erraba entre los grupos de árboles. Y bajo la nube luminosa, entre aquellos árboles anegados y flotantes, la corriente elísea[135] parecía discurrir en un sueño.

Angélique prosiguió con alegría:

—¡Me siento tan orgullosa y tan feliz de estar así, en sus brazos!

Félicien, embelesado por tanta sencillez y encanto, la escuchaba expresarse sin miramientos, sin ocultar nada, y decir en voz bien alta lo que pensaba, con la ingenuidad de su corazón.


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