El sueño
El sueño Le divirtió mucho el horno y le exigió que le explicara todo su trabajo: cómo se contentaba, siguiendo el ejemplo de los maestros antiguos, con utilizar vidrios coloreados en la pasta, que él simplemente sombreaba con negro; por qué se atenía a los pequeños personajes distintos, acentuando los gestos y los ropajes; y sus ideas sobre el arte del vidriero que había decaído en cuanto se empezó a pintar sobre el vidrio, a esmaltarlo, dibujando mejor; y su opinión final de que una vidriera debía ser tan sólo un mosaico transparente, con los tonos más vivos dispuestos en el orden más armonioso, todo un ramillete delicado y resplandeciente de colores. Pero en ese momento ¡cómo se burlaba en el fondo del arte del vidriero! Esas cosas sólo tenían un interés: provenir de él, ocuparla con él, ser como una dependencia de su persona.
—¡Ah! —dijo—. ¡Seremos felices! Usted pintará y yo bordaré.
Él le había vuelto a coger las manos, en medio de la gran habitación, cuyo gran lujo le hacía sentirse cómoda y que parecía el medio natural donde su gracia iba a florecer. Por un instante, callaron los dos. Luego, fue ella quien volvió a hablar:
—Entonces, ¿está decidido?
—¿El qué? —preguntó él sonriendo.
—Nuestra boda.