El sueño
El sueño Él vaciló un momento. Su rostro, muy blanco, se había ruborizado bruscamente. Ella se quedó preocupada.
—¿Se ha enfadado por mi culpa?
Pero él ya le estrechaba las manos, con un apretón que la envolvía por entero.
—Está decidido. Basta con que usted desee una cosa, para que se haga, a pesar de los obstáculos. Ahora ya sólo tengo una razón de ser, la de obedecerle a usted.
Entonces ella resplandeció.
—Nos casaremos, nos amaremos siempre, no nos separaremos nunca más.
Ella no lo dudaba, aquello se realizaría ya al día siguiente, con la facilidad de los milagros de la Leyenda. La idea del más leve obstáculo, del menor retraso, ni siquiera le venía a la mente. ¿Por qué, puesto que se amaban, los habían de mantener separados? Dos personas se adoran, se casan, es así de sencillo. Ella sentía una gran alegría serena.
—Está dicho, déme la mano —prosiguió ella bromeando.
Él llevó la manita a sus labios.
—Está dicho.
Como ella se marchaba, temerosa de que la sorprendiera el alba, con prisa también por poner fin a su secreto, él quiso acompañarla.