El sueño

El sueño

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—No, no, no llegaríamos antes de que se haga de día. Ya encontraré el camino… Hasta mañana.

—Hasta mañana.

Félicien obedeció, se contentó con ver marchar a Angélique, que corría bajo los olmos oscuros, corría a lo largo del Chevrotte bañado de luz. Ya había cruzado la verja del parque, y se había lanzado después a través de la maleza del Clos-Marie. Mientras corría, pensaba que no podría esperar hasta la salida del sol, que mejor sería llamar a los Hubert para despertarlos y contarles todo. Era una expansión de felicidad, una rebelión de franqueza: se sentía incapaz de mantener callado cinco minutos más el secreto guardado durante tanto tiempo. Entró en el jardín y cerró puerta.

Y allí, junto a la catedral, Angélique descubrió a Hubertine, que la esperaba sentada en el banco de piedra al que rodeaba un delgado macizo de lilas. Despierta, advertida por una angustia, había subido, y había comprendido al encontrar las puertas abiertas. Ansiosa, sin saber a dónde ir, temiendo agravar las cosas, esperaba.

En seguida, Angélique la abrazó, sin confusión, con el corazón brincando de alborozo, riendo alegremente por no tener ya nada que ocultar.

—¡Ah! ¡Ya está decidido, madre! Vamos a casarnos. ¡Estoy tan contenta!


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