El sueño
El sueño Antes de contestar, Hubertine la miró fijamente. Pero sus temores desaparecieron ante aquella virginidad en flor, aquellos ojos límpidos, aquellos labios puros. Y sólo le quedó una gran tristeza; las lágrimas rodaron por sus mejillas.
—¡Pobre hija mía! —murmuró, como la víspera, en la iglesia.
Angélique, sorprendida al verla así, ella, que era tan ponderada y que no lloraba nunca, protestó:
—¿Qué ocurre, madre? Está triste… Es cierto, he sido mala, le he ocultado un secreto. ¡Pero si supiera usted el peso que ha supuesto para mí! Al principio no se dice nada, después una ya no se atreve… Debe perdonarme.
Se había sentado junto a ella y, con un brazo cariñoso, la había cogido por la cintura. El viejo banco parecía hundirse en aquel rincón musgoso de la catedral. Por encima de sus cabezas, las lilas dibujaban una sombra; y allí estaba aquel escaramujo que la muchacha cultivaba para ver si podía criar rosas; pero, abandonado desde hacía algún tiempo, vegetaba y regresaba al estado salvaje.
—Madre, le voy a contar todo, ¡así!, al oído.