El sueño
El sueño Entonces, le contó sus amores a media voz, en un flujo de palabras inagotables, reviviendo los hechos más nimios, animándose al revivirlos. No omitÃa nada, hurgaba en su memoria como para una confesión. Y no sentÃa el menor rubor; la sangre de la pasión calentaba sus mejillas, una llama de orgullo iluminaba sus ojos, sin que alzara la voz, susurrante y ardiente. Hubertine acabó por interrumpirla, hablando ella también en voz muy baja:
—Mira, mira, ¡ya estás otra vez! Por mucho que te corrijas, todo sale otra vez como impulsado por un vendaval… ¡Ah!, orgullosa, apasionada, sigues siendo la niña pequeña que se negaba a fregar la cocina y que se besaba las manos.
Angélique no pudo evitar una carcajada.
—No, no te rÃas, pronto no tendrás suficientes lágrimas para llorar… Esa boda nunca se celebrará, pobrecita mÃa.
De repente, su alegrÃa estalló, sonora, prolongada:
—Madre, madre, ¿qué dice usted? ¿Es para burlarse de mà y para castigarme?… ¡Si es tan sencillo! Esta noche va a hablar con su padre. Mañana, vendrá a arreglarlo todo con ustedes.