El sueño
El sueño ¿Realmente se imaginaba aquello? Hubertine tuvo que ser despiadada. ¡Una pequeña bordadora, sin dinero, sin nombre, casarse con Félicien de Hautecoeur! ¡Un muchacho rico, con una fortuna de cincuenta millones! ¡El último descendiente de una de las más rancias familias de Francia!
Pero, a cada nuevo obstáculo, Angélique replicaba tranquilamente:
—¿Por qué no?
Sería un verdadero escándalo, una boda que no cumpliría las condiciones naturales de la felicidad. Todo se opondría para impedirlo. Entonces, ¿pensaba luchar contra todo?
—¿Por qué no?
Decían que Monseñor estaba orgulloso de su nombre y que era severo con las aventuras sentimentales. ¿Podía albergar la esperanza de hacerle ceder?
—¿Por qué no?
E, inquebrantable en su fe, replicó:
—¡Es curioso, madre, qué malo cree usted que es el mundo! ¡Cuando le digo que las cosas irán bien!… Hace dos meses, me reñía usted, me gastaba bromas, y sin embargo, yo tenía razón, todo lo que yo anunciaba se ha hecho realidad.
—¡Pero, desgraciada, espera el final!