El sueño

El sueño

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Hubertine se desconsolaba, atormentada por su remordimiento de haber mantenido a Angélique ignorante hasta ese punto. Habría querido contarle las duras lecciones de la realidad, iluminarla sobre las crueldades y las abominaciones del mundo, pero, incómoda, no lograba encontrar las palabras necesarias. ¡Qué tristeza si, un día, tuviera que acusarse de haber causado la desgracia de aquella muchacha, educada de aquella manera, como una reclusa, en la mentira continua del sueño!

—Veamos, querida, tú no te casarías con ese muchacho contra la voluntad de todos nosotros, contra la voluntad de su padre.

Angélique se puso seria, la miró de frente y luego, en tono grave, le dijo:

—¿Por qué no? Yo le amo y él me ama.

La madre volvió a sujetarla con los dos brazos y la apretó contra ella; también ella la miraba, sin hablar todavía, temblorosa. La luna, velada, había bajado por detrás de la catedral, y las brumas volantes se teñían débilmente de rosa en el cielo al acercarse el día. Las dos estaban envueltas por aquella pureza matinal, por el profundo y frío silencio que sólo el despertar de los pájaros turbaba con sus gritos.

—¡Ay! hija mía, sólo el deber y la obediencia dan la felicidad. Se sufre toda una vida por culpa de una hora de pasión y de orgullo. Si quieres ser feliz, sométete, renuncia, desaparece…


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