El sueño
El sueño Pero la sentía rebelarse en su abrazo; y lo que todavía no le había dicho, lo que todavía dudaba en decirle, escapó de sus labios:
—Escucha, crees que somos felices, tu padre y yo. Lo seríamos; si un tormento no hubiera estropeado nuestra vida…
Bajó la voz aún más y le contó, con respiración temblorosa, su historia, la boda a pesar de su madre, la muerte del hijo, el inútil deseo de tener otro bajo el castigo de la falta. Sin embargo, se adoraban; habían vivido de su trabajo, sin pasar necesidades; pero eran desgraciados, seguramente habrían llegado a disputarse, a una vida de infierno, quizás a una separación violenta, si no hubiese sido por sus esfuerzos, la bondad de él y la ponderación de ella.
—Reflexiona, hija mía, no pongas nada en tu existencia que pueda hacerte sufrir después… Sé humilde, obedece, acalla la sangre de tu corazón.
Agitada, Angélique la escuchaba, reteniendo las lágrimas:
—Madre, me hace usted daño… Yo le amo y él me ama.
Sus lágrimas brotaron. Estaba trastornada por la confidencia, conmovida, con un espanto en los ojos, como herida por aquel rincón de verdad apenas vislumbrado. Pero no cedía. ¡Habría dado la vida tan a gusto por su amor!