El sueño
El sueño Entonces, Hubertine se decidió:
—No quería causarte tanta pena de una sola vez. Pero tienes que saber… Anoche, cuando te fuiste a tu habitación, le pregunté al abad Cornille y supe por qué monseñor, que se resistía desde hacía tanto tiempo, creyó sentirse obligado a llamar a su hijo a Beaumont… Una de sus grandes penas era la fogosidad del muchacho, prisa que tenía por vivir, fuera de toda norma. Después de haber renunciado dolorosamente a hacerle sacerdote, ni siquiera esperaba lanzarlo en alguna ocupación conveniente para su rango y su fortuna. No sería nunca más que un apasionado, un loco, un artista. Y fue entonces cuando, temiendo alguna locura del corazón, hizo venir aquí para casarle inmediatamente.
—¿Y qué? —preguntó Angélique, sin comprender todavía.
—Había un proyecto de boda, antes incluso de su llegada, y todo parece arreglado hoy; el abad Cornille me ha dicho formalmente que debe casarse en otoño con la señorita Claire de Voincourt… Conoces la mansión de los Voincourt, ahí, cerca del Obispado. Están muy relacionados con monseñor. De una y otra parte, no se podía esperar nada mejor, ni en cuanto a nombre ni en cuanto a dinero. El abad aprueba firmemente esa unión.