El sueño
El sueño Angélique escuchaba aquello desfallecida y ya no se rebelaba. ¿Qué había sentido pasar por su rostro? Un aliento frío, venido de lejos, por encima de los tejados, le helaba la sangre. ¿Era aquella miseria del mundo, aquella triste realidad, de la que le hablaban como se habla del lobo a los niños poco razonables? Esto le dejaba un dolor, sólo de haberla rozado. Sin embargo, ya excusaba a Félicien: no había mentido; simplemente se había quedado callado. Si su padre quería casarlo con aquella muchacha, él sin duda la rechazaba. Pero todavía no osaba enfrentarse; y, puesto que no había dicho nada, quizá era porque acababa de tomar la decisión. Ante aquel primer derrumbamiento, pálida, alcanzada por el duro dedo de la vida, seguía creyendo; tenía, a pesar de todo, fe en su sueño. Las cosas se realizarían; sólo su orgullo estaba abatido; volvía a caer en la humildad de la gracia.
—Madre, es cierto, he pecado y no volveré a pecar… Le prometo que no me rebelaré, que seré lo que el cielo quiera que yo sea.