El sueño

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Era la gracia la que hablaba; la victoria seguía en el ambiente en el que ella había crecido, en la educación que había recibido allí. ¿Por qué habría de dudar del día siguiente, puesto que, hasta entonces, todo cuanto la rodeaba se había mostrado tan generoso y tan tierno con ella? Quería conservar la prudencia de Catalina, la modestia de Isabel, la castidad de Inés, reconfortada por la ayuda de las santas, segura de que ellas solas le ayudarían a vencer. ¿Acato su vieja amiga la catedral, el Clos-Marie y el Chevrotte, la casita fresca de los Hubert, los Hubert mismos, todo cuanto la amaba, no a iba a defender, sin que ella tuviera que actuar, simplemente obediente y pura?

—Entonces, ¿me prometes que nunca harás nada que se oponga a nuestra voluntad, y, sobre todo, nada que se oponga a la voluntad de monseñor?

—Sí, madre, lo prometo.

—Me prometes que no volverás a ver nunca a ese muchacho y que no pensarás más en esa locura de casarte con él.

Entonces, su corazón desfalleció. Una última rebeldía estuvo a punto de sublevarla, gritando su amor. Pero después, inclinó la cabeza, definitivamente mansa.

—Prometo no hacer nada para volver a verle ni para que se case conmigo.


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