El sueño
El sueño Hubertine, extraordinariamente conmovida, la estrechó con desesperación entre sus brazos para agradecerle su obediencia. ¡Ah! ¡Qué miseria! ¡Querer el bien! ¡Hacer sufrir a quienes se ama! Estaba destrozada; se levantó, sorprendida de ver que el día avanzaba. Los gritos de los pájaros habían aumentado, sin que se viera volar ni uno solo. En el cielo, las nubes se apartaban como gasas en la azulada nitidez del aire.
Entonces, Angélique, la mirada caída maquinalmente sobre su escaramujo, lo vio, al fin, con sus flores endebles. Sonrió con tristeza:
—Tenía usted razón, madre, aún tardará en dar rosas.