El sueño

El sueño

Capítulo X

Por la mañana, a las siete, como de costumbre, Angélique ya estaba trabajando: los días se sucedían y todas las mañanas volvía, muy tranquila, a la casulla que había dejado la víspera. Nada parecía haber cambiado; cumplía estrictamente su palabra, se enclaustraba, sin intentar volver a ver a Félicien. Esa situación ni siquiera parecía entristecerla, pues conservaba su alegre rostro de juventud y sonreía a Hubertine cuando la sorprendía contemplándola con asombro. Sin embargo, en aquella voluntad de silencio, no hacía sino pensar en él todo el día. Su esperanza seguía invencible, estaba segura de que las cosas se realizarían a pesar de todo. Y era esa certeza la que le daba aquel aspecto de valentía, tan recto y tan altivo.

A veces, Hubert la regañaba:

—Trabajas demasiado, estas algo pálida… ¿Duermes bien al menos?

—¡Oh padre! ¡Como un tronco! Nunca me he sentido mejor.

Pero Hubertine, a su vez, manifestaba preocupación y proponía alguna distracción.

—Si quieres, cerramos unos días y nos vamos los tres a París.

—¡Ah! ¡Es imposible! ¿Y los encargos madre?… Cuando le digo que trabajar mucho es lo que me da salud.


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