El sueño

El sueño

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Después de la segunda semana, lo que sorprendió todavía más a Angélique fue no haber vuelto a ver a Félicien. Ella se había comprometido seriamente a no intentar hacer nada para acercarse a él; pero, sin decirlo, contaba con que él haría todo lo posible por acercarse a ella; y el Clos-Marie seguía vacío: el joven ni siquiera cruzaba su maleza. Ni una sola vez en quince días había vislumbrado su sombra en la noche. Pero aquello no quebrantaba su fe: si no acudía, era porque se ocupaba de la felicidad de ambos. Sin embargo, su sorpresa aumentaba, junto con un germen de inquietud.

Finalmente, una noche, la cena en casa de los bordadores fue triste y, como Hubert había tenido que salir con el pretexto de un recado urgente, Hubertine se quedó a solas con Angélique en la cocina. La estuvo mirando durante un buen rato, con los ojos húmedos, conmovida por su gran entereza. Desde hacía quince días, no se habían dicho ni una sola palabra de todo lo que desbordaba en sus corazones; la madre estaba impresionada por aquella fuerza y aquella lealtad en el cumplimiento de su promesa. Un repentino sentimiento de ternura le hizo separar los brazos y la muchacha se refugió en ellos; se abrazaron en silencio.

Después, cuando Hubertine pudo hablar:

—¡Ay! ¡Pobre hija mía! He esperado a estar sola contigo, debes saber… Todo ha terminado, para siempre.


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