El sueño
El sueño Aquella noche, Angélique apenas durmió. La idea de que el hecho de verla iba a hacer cambiar de opinión al obispo la obsesionaba. No había en ello ninguna vanidad femenina personal; ella sentía el amor todopoderoso, amaba tanto a Félicien que seguramente se vería y el padre no podría obstinarse en provocar la desgracia de los jóvenes. Se revolvió veinte veces en su espaciosa cama y veinte veces se repitió estas cosas. Monseñor pasaba ante sus ojos cerrados. Quizás el milagro esperado fuera a producirse en él y por él. Fuera, la cálida noche dormía; Angélique prestaba oídos para escuchar las voces, para intentar sorprender lo que le aconsejaban los árboles, el Chevrotte, la catedral, su habitación misma, poblada por las sombras amigas. Pero todo eran zumbidos, no le llegaba ningún sonido preciso. Las certezas demasiado lentas empezaban a impacientarla. Y, cuando estaba a punto de quedarse dormida, se sorprendió diciendo:
—Mañana hablaré a monseñor.
Cuando despertó, su actitud le pareció sencilla y necesaria. Era una pasión ingenua y brava, una gran pureza orgullosa en su valentía.