El sueño
El sueño —Hija mÃa —concluyó Hubertine—, ya ves que no debes volver a pensar en ese muchacho, porque seguro que no querrás actuar en contra de la voluntad de monseñor… Yo preveÃa todo esto. Pero prefiero que los hechos hablen por sà mismos y que el obstáculo no venga de mÃ.
Angélique habÃa escuchado tranquilamente, con las manos caÃdas y unidas sobre las rodillas. Apenas parpadeaba de vez en cuando y su mirada fija veÃa la escena, Félicien a los pies de monseñor, hablándole de ella en un desbordamiento de ternura. No respondió inmediatamente; seguÃa reflexionando en medio de la muerta paz de la cocina donde la leve ebullición del escalfador acababa de apagarse. Bajó los ojos y se miró las manos que la luz de la lámpara convertÃan en hermoso marfil. Luego, mientras su sonrisa de invencible confianza volvÃa a asomar a sus labios, dijo simplemente:
—Si monseñor se niega, es porque espera conocerme.