El sueño
El sueño
Cuando salía de su habitación, Monseñor recobraba su actitud severa, su rostro tranquilo y altanero, apenas descolorido por un resto de palidez. La mañana en que Félicien se confesó, le escuchó sin decir palabra, dominándose con tal esfuerzo que no vibró ni una sola fibra de su carne. Le miraba con el corazón conmovido al verle tan joven, tan hermoso, tan ardiente, al volver a verse a sí mismo en aquella locura de amor. Ya no era rencor, sino la absoluta voluntad, el rudo deber de liberarle del mal que a él mismo tanto le hacía sufrir. Él mataría la pasión en su hijo como quería matarla en sí mismo. Aquella historia novelesca consumaba su angustia. ¡Cómo! ¡Una muchacha pobre, sin nombre, una pequeña bordadora descubierta bajo un rayo de luna, transfigurada en una delgada virgen de la Leyenda, adorada en sueños! Y había concluido respondiendo con una sola palabra: ¡Jamás! Félicien se había arrojado a sus pies, implorándole, defendiendo su causa, la de Angélique. Hasta entonces, sólo se había aproximado a él tembloroso; le suplicaba que no se opusiera a su felicidad, sin ni siquiera atreverse a levantar los ojos hacia su santa persona. Con voz sumisa, le proponía desaparecer, llevarse a su mujer tan lejos que ya no los volvieran a ver, y ceder a la Iglesia su inmensa fortuna. Sólo quería ser amado y amar, y pasar inadvertido. Un escalofrío sacudió entonces a monseñor. Había dado su palabra a los Voincourt y nunca la retiraría. Félicien, agotado, sintiendo que le invadía la rabia, se había marchado, temiendo el flujo de sangre que ya ruborizaba sus mejillas y que le impulsaba al sacrilegio de una rebelión abierta.