El sueño

El sueño

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El buen abad Cornille se lo había referido a Hubertine en voz muy baja, con manos temblorosas. Corrían rumores misteriosos, se cuchicheaba que monseñor se encerraba desde el crepúsculo y que pasaba noches enteras luchando, con lágrimas y lamentos cuya violencia, ahogada por los tapices, aterrorizaba el Obispado. Había creído olvidar, que tenía domada la pasión, pero ésta volvía a nacer con un ímpetu tormentoso en el hombre terrible que había sido antaño, el aventurero, el descendiente de capitanes legendarios. Cada noche, arrodillado, con la piel desollada por un cilicio[139], se esforzaba por alejar el fantasma de la mujer desaparecida y del sepulcro evocaba el polvo en que debía haberse convertido. Ella se levantaba ante él en la plenitud de la vida, en su deliciosa frescura de flor, tal como la había amado, muy joven, con un amor loco de hombre ya maduro. La tortura volvía a empezar, sangrando como al día siguiente de su muerte; él la lloraba, la deseaba, con la misma rebeldía contra Dios que se la había quitado; sólo se calmaba alba, agotado, sumido en el desprecio de sí mismo y la repugnancia del mundo. ¡Ah! ¡La pasión, la bestia malvada que él hubiera querido aplastar para volver a caer en la paz abatida del amor divino!




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