El sueño
El sueño Desde que habÃa llamado a su hijo junto a él, monseñor vivÃa en la confusión. Después de haberle apartado de su presencia, nada más morir su mujer, y de haber pasado veinte años sin consentir en conocerle, le veÃa ahora en la fuerza y el resplandor de la juventud, vivo retrato de aquélla a la que él lloraba, con la misma edad y el rubio encanto de su belleza. Aquel largo exilio, aquel rencor contra el hijo que le habÃa costado la madre, era también una demostración de prudencia. Se daba cuenta en ese momento, lamentaba haberse retractado. La edad, veinte años de rezos, Dios descendido sobre él, nada habÃa matado al hombre primitivo. Y le bastaba que ese hijo de su carne, esa carne de la mujer adorada se levantara, con la risa de sus ojos azules, para que su corazón latiera hasta romperse, pensando que la difunta estaba resucitando. Se golpeaba el pecho con el puño, sollozaba en una penitencia ineficaz, gritando que deberÃan prohibir el sacerdocio a aquéllos que han probado la mujer y han conservado de ella vÃnculos de sangre.