El sueño
El sueño La iglesia estaba desierta; sólo un confesionario de la capilla de san José seguía ocupado por una penitente de la que no se veía sobresalir más que la falda negra. Angélique, muy tranquila hasta entonces, se puso a temblar al entrar en aquella soledad sagrada y fría donde le parecía que el ruidito de sus pasos resonaba estrepitosamente. ¿Por qué se le encogía el corazón de aquella manera? ¡Se había creído tan fuerte, había pasado un día tan tranquilo, pensando en su perfecto derecho a querer ser feliz! ¡Y ahora ya no sabía, palidecía como si fuera culpable! Se deslizó hasta la capilla Hautecoeur, donde tuvo que apoyarse contra la reja para mantenerse en pie.
Aquella capilla era una de las más ocultas, una de las más oscuras del antiguo ábside románico. Igual que una cueva excavada en la roca, estrecha y desnuda, con los sencillos nervios de su bóveda baja, sólo la iluminaba la vidriera, la leyenda de san Jorge, donde los vidrios rojos y los vidrios azules, que eran los dominantes, producían una luz lila, crepuscular. El altar, de mármol blanco y negro, sin adorno alguno, con su Cristo y su doble par de candelabros, parecía un sepulcro. Y el resto de las paredes estaban revestidas de lápidas sepulcrales, todas empotradas desde arriba hasta abajo, lápidas desgastadas por el paso del tiempo, en las que todavía se leían inscripciones en letras profundas.