El sueño
El sueño Sofocada, Angélique esperaba, inmóvil. Pasó un sacristán que ni siquiera la vio, pegada como estaba a la parte interior de la reja. Seguía viendo la falda de la penitente que sobresalía del confesionario. Sus ojos se acostumbraban a la media luz y se fijaban maquinalmente en las inscripciones cuyos caracteres acabó descifrando. Algunos nombres la impresionaban y evocaban en ella las leyendas del castillo de Hautecoeur: Jean V el Grande, Raoul III, Hervé VII. Encontró otros dos, los de Laurette y Balbine, que la conmovieron hasta hacerla llorar en su turbación. Eran los de las Muertas Dichosas: Laurette, caída de un rayo de luna cuando iba a reunirse con su prometido; Balbine, fulminada por la alegría de ver regresar a su marido, al que creía muerto en la guerra; las dos volvían por la noche envolviendo el castillo con el blanco vuelo de su inmenso vestido. ¿Acaso no las había visto, el día de su visita a las ruinas, flotando por encima de las torres, entre la pálida ceniza del crepúsculo? ¡Ah! ¡Qué gustosamente habría muerto como ellas, a los dieciséis años, en la felicidad de su sueño realizado!