El sueño
El sueño Precisamente el tapicero de la catedral había ido a encargar a los Hubert un panel de riquísimo bordado para la silla episcopal de monseñor. El panel, de un metro cincuenta de longitud y tres de altura, debía enmarcarse en el revestimiento de madera del fondo y representaba dos ángeles de tamaño natural que sostenían una corona bajo la cual figuraba el escudo de armas de los Hautecoeur. Exigía un bordado en bajorrelieve, trabajo que exige mucha habilidad y un gran derroche de fuerza física. Al principio, los Hubert habían rechazado el encargo, temiendo que Angélique se cansara y, sobre todo, que se entristeciera bordando aquel escudo de armas en el que, hilo a hilo, durante semanas, reviviría sus recuerdos. Pero ella se había empeñado en que aceptasen el encargo y cada mañana volvía a la tarea con una energía extraordinaria. Parecía que era feliz cansándose, que tenía la necesidad de destrozar su cuerpo para estar tranquila.