El sueño

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Y la vida seguía en el pequeño taller, siempre igual y regular, como si, por un momento, los corazones no hubiesen latido allí más deprisa. Mientras Hubert estaba atareado con los bastidores, dibujaba, tensaba y destensaba, Hubertine ayudaba a Angélique y, cuando llegaba la noche, las dos tenían los dedos magullados. Para los ángeles y los adornos habían tenido que dividir cada tema en varias partes que se trataban por separado. Angélique, para destacar los grandes relieves, conducía con una broca gruesos hilos crudos que recubría, en sentido contrario, con hilo de Bretaña; poco a poco, moldeaba esos hilos utilizando dos desbastadores, detallaba los ropajes de los ángeles y realzaba los detalles de los adornos. Se trataba de un verdadero trabajo de escultura. Luego, una vez obtenida la forma, Hubertine y ella utilizaban hilos de oro que cosían con punto de mimbre. Era un verdadero bajorrelieve en oro, de una suavidad y un resplandor incomparables, que brillaba como un sol en medio de la habitación ennegrecida. Las viejas herramientas se alineaban en su orden secular, los sacabocados, los punzones, los mazos, los martillos; en los bastidores correteaban el cartón de los desperdicios y el fondo de sombrero, los dedales y las agujas; y en el fondo de los rincones, donde se acababan oxidando, la máquina devanadora, el torno a mano, la devanadera con sus cilindros, parecían dormir, adormilados en la gran paz que entraba por las ventanas abiertas.


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